jueves, 16 de julio de 2009

La restauración conservadora (por Ricardo Forster) - IMPERDIBLE

Son tiempos impregnados por el tufo revanchista de la restauración conservadora; tiempos en los que los Grondona y los Morales Solá, heraldos de un ejército de periodistas y de intelectuales todo terreno muy bien sostenidos por los poderosos de siempre (como lo fueron también en otros tiempos argentinos dominados por las diversas mutaciones dictatoriales), se regodean en lo que ellos vaticinan como la cuenta regresiva de los Kirchner. Tiempos para deshacer sin miramientos lo que se intentó construir durante estos últimos seis años; tiempos de revancha y de recomposición del verdadero poder en un país que, casi por descuido, pareció girar hacia horizontes indeseados y prohibidos para aquellos que desde siempre han ejercido la lógica impiadosa del poder económico, mediático y, ahora, el que ya creen tener a la vuelta de la esquina: el político. Tiempos para borrar esa otra época inesperada que vino a cuestionar, a veces con inusitada temeridad y otras con excesiva timidez, las lenguas de la dominación que desde varias décadas atrás vienen ejerciendo su hegemonía por estas geografías sureñas. Una hegemonía que desean recuperar sabiendo que algo insólito y anómalo ha ocurrido, casi por descuido, en un país del que se sienten los dueños. Ese tiempo fuera de quicio que se inauguró el 25 de mayo de 2003 parece irse diluyendo entre los últimos granos de un reloj de arena que corre más rápido que nunca a favor de las corporaciones y de sus socios políticos que hoy, entre nosotros, se expresan desde una gramática claramente de derecha.

Y en este tiempo en el que se despliega con fuerza una restauración conservadora preparada para horadar definitivamente a un gobierno debilitado y espasmódico que, como si fuera un boxeador que ha recibido un golpe que lo dejó groggy, busca el aire que se le ha escapado de los pulmones a la vez que casi como si se tratara de un acto reflejo intenta contragolpear con lo poco que le queda, vemos sumarse a esas fuerzas restauradoras una pléyade de luminarias rescatadas, muchas de ellas, de la tienda de los milagros del liberalismo conservador; como si todavía no hubieran tenido tiempo siquiera de sacarse de encima el olor a naftalina que impregna sus trajes, esos que no han dejado de ponerse en horas oscuras de un país que suele olvidarse, con extraña y sospechosa piedad, de las responsabilidades y complicidades de esos mismos que hacen fe de eterna pasión democrática.

Nombres que representan “lo mejor” de la tradición argentina, esa que siempre encuentra su lugar en las páginas de La Nación; que suelen desplazarse como habitantes de una república que tiene su ubicación geográfica en el Barrio Norte o entre las casonas de Palermo Chico, bien cerca de los poderes reales, esos a los que les gusta el olor a bosta de toros premiados en los predios paquetes de La Rural y que sienten que ellos son “la patria”, su costado intelectual, los herederos de aquella tradición republicana forjada por los grandes apellidos de la Argentina del Primer Centenario (¿a quién se le ocurrió tamaña desmesura de intentar robarles los festejos del Segundo Centenario? ¿Quiénes son esos desfachatados que quieren cortar el hilo dorado y patricio que une a los dos centenarios?). También podemos encontrarlos bien apoltronados en sus sillas de las beneméritas academias nacionales (ellos habitan esos ámbitos museísticos en los que nada significativo ha ocurrido prácticamente nunca desde la perspectiva de una genuina creación cultural; salones que apestan a una vejez decadente en los que sólo resulta un acontecimiento cuando, muerte de por medio, queda alguna silla vacía para ser ocupada por un nuevo miembro del Olimpo académico argentino).

Le han puesto –¡vaya imaginación desbocada!– “Aurora” a su iniciativa, para nada nueva ni original, de salir a defender, cual hidalgos portadores de plumas refinadas y excelsas, a los poderosos de siempre (así lo hicieron desde los albores de la Nación y lo siguieron haciendo en cada recodo en el que fue necesario “justificar” a los salvadores de la República, esos mismos que venían a rescatarla, tal vez como ahora, de las hordas plebeyas y populistas que amenazaban su integridad). Son ilustres y han salido en las páginas de sociales, esas que nos recuerdan que desde los orígenes de la Argentina hay ciudadanos de primera que se interesan por el bienestar general (las otras, las de antiguas complicidades con los “perros de la noche” han sido prolijamente borradas en sus biografías de última hora); algunos incluso se precian de ser portadores de apellidos patricios, otros, con lamentables nombres italianos, rusos o gallegos sin importancia, se han ocupado concienzudamente de escalar las posiciones de ese Olimpo social en el que siempre desearon estar. Hoy se ofrecen como sus espadas intelectuales, como aquellos que darán batalla para defender a una República amenazada por la canalla, por los descendientes de los sans culottes, de los olvidados de la tierra, de las hordas del Chacho Peñaloza, de los ácratas que vinieron a estas playas del Sur para seguir batallando por sus utopías igualitaristas y a los que se les aplicó la democrática y republicana “ley de residencia”, del cocoliche radical yrigoyenista contra el que iniciaron la noche de los golpes de Estado en nombre de la “virtud republicana”, de los cabecitas negras a los que intentaron arrojar de la historia en septiembre del ’55 o de aquellos que osaron desafiar, en nombre de ideales socialistas, a los poderes de una Argentina que supo cómo “defender” a su república en los días oscuros de marzo del ’76.

Algunos de ellos, eso hay que decirlo en honor de la verdad, con cierta ingenuidad y sin haber participado de esa tradición republicano-cuartelera-liberal que como un hilo negro fue recorriendo nuestra historia contemporánea, creen sinceramente que defienden la calidad de nuestras degradadas instituciones (degradadas siempre, eso nos han enseñado hasta el hartazgo, por los populistas de turno, nunca por los constructores discrecionales de una sociedad desigual e injusta que ni siquiera respetaron, cuando les fue necesario garantizar que sus intereses no fueran tocados, su bendita ficción republicana, esa misma por la que hoy se desgarran las vestiduras nuestros serios intelectuales del recién nacido grupo Aurora).

Han elegido constituirse cuando huelen que los tiempos les son propicios; ellos vendrán a darnos cátedra de democracia y de legalidad. Ellos dirán, como ya lo han dicho, que los “otros” intelectuales, esos de Carta Abierta, dicen lo que dicen y hacen lo que hacen porque son funcionarios pagados por el gobierno, suerte de rufianes que se venden sin pudor alguno al poder de turno (qué extraño que “ilustres” académicos numerarios hayan “olvidado” que desde la Reforma de 1918 las universidades públicas son autónomas y se dan su propio gobierno, de ahí que rectores, decanos y vicedecanos sean elegidos democráticamente por los claustros y que los profesores, en general, deben concursar sus cargos igual que los investigadores del Conicet; pero claro, los nuevos plebeyos traidores al ideario de las clases medias –en especial si son artistas, escritores, músicos, cineastas, profesionales, educadores, simples mortales– siempre se venden a alguien, siempre están a la busca del mejor postor y, claro, cualquier funcionario, como los hay en Carta Abierta, que defiende con nobleza sus convicciones sólo lo hace, así lo dicen nuestros empeñosos cultores del águila guerrera, por la paga que recibe). Ellos, los impolutos, los olímpicos, van por la vida ofreciendo ejemplos de virtud cívica, así lo hicieron a lo largo de la historia argentina, así lo hacen cuando se trata de defender, “con la pluma y la palabra”, a la restauración conservadora.

Fuente: Veintitres

No hay comentarios.: